Me veo en los otros
Me veo en los otros tanto más nítidamente
cuanto la distancia que me separa de ellos
es la misma que me separa de mí.
Augusto Roa Bastos.
La experiencia inicial de la facialidad
se basa en el hecho elemental de que seres humanos
que miran como seres humanos
son a su vez mirados por seres humanos
y vuelven a sí mismos desde la mirada del otro.
Peter Sloterdijk.
Nos relacionamos con el mundo a través de las sensaciones que los sentidos nos proporcionan de dos modos distintos: uno, recogiendo datos; otro, emitiéndolos, expresándonos. En esa dinámica, el ojo es fundamental en nuestro “hacer” el mundo, en nuestra relación con la realidad, porque su potencia se muestra como muy superior a la de cualquier otro sentido, ya que llega hasta donde es incapaz de hacerlo ningún otro y tiene, al mismo tiempo, un formidable poderío evocador.
Efectivamente, el ojo sería el órgano más expresivo del cuerpo. No por su forma, los gestos o movimientos que puede llegar a realizar, sino por esa luz que desprende la mirada, por ese resplan dor que emite, flujo que no puede ser contenido. Tiene además esa extraña y fas cinante cualidad del párpado que lo abre y lo cierra, apertura a la luz, a la existencia del otro, al mundo (al espectáculo del cosmos).
En ese sentido, Edgar Balbuena (Asunción, 1975) -quien presenta Me veo en los otros, muestra de fotografías digitales de su autoría- sabe muy bien que, a través del tiempo y en diferentes culturas, las personas han constatado siempre cómo el mundo se hacía alrededor de sus ojos. Él conoce al dedillo, como estudiante de arte de último año que es, que la rica historia del arte -oriental y occidental- es la de una trama multitudinaria de ojos, un cruzamiento incesante de miradas.
A partir de estos pensamientos fue desarrollando un proyecto artístico sobre un singular repertorio y cruce de visiones y visionados, parte del cual se presenta ahora en esta muestra individual: unas imágenes fotográficas que retratan diversas miradas -propias y ajenas- para hacernos reflexionar acerca de cómo miramos el mundo y cómo nos miramos con los demás.
El título y el espíritu de la muestra hacen alusión al aforismo de Roa Bastos que citamos al inicio de este texto. Es así que el itinerario espacio-visual de la exposición se inicia con un autorretrato, siguiendo el recorrido con la sucesiva interpelación de otros rostros y distintos ojos hasta culminar nuevamente con un autorretrato del mismo Balbuena. Así, los ojos del artista –con los de su cámara fotográfica-, los de los otros –retratados en las fotos- y los nuestros -como espectadores-, no sólo comparten sus visiones, sino que amplifican sus respectivos dominios y reflejos discordantes.
Balbuena es consciente de que todas las emociones aparecen en los ojos: miedo, terror, afecto, amor, ternura, frialdad, distancia, crueldad, confianza, dolor. Y eso lo demuestra en la variedad de piezas seleccionadas. Cada una de sus imágenes fotográficas nos sugiere que la mirada no es inocente. Está cargada de historia, de infinitas historias que se cruzan y se pliegan, como si de la lectura de un palimpsesto[1) se tratara, en una sinergia interna, en un flujo de opacidades y transparencias en el que no hay fondo de ojo estático, sino cambio, discurrir, bifurcación, contrarreflejo.
Cada mirada plasmada deposita en el mundo su obrar como un resto de su deseo, de su aversión, de su afecto, de su remembranza, borrando eimpri miendo marcas, signos, huellas, tejiendo y destejiendo es tratos de significación. La memoria de estas visiones es, en definitiva, una inextinguible red de mundos que aparecen y se fugan, se abren y se cierran, se revelan y se ocultan, surgen y se hunden en el vacío de sus propios contornos.
En ellas, todo espera ser descu bierto, ser devengado. Y es que mientras dura la contemplación y mientras nos llevamos con nosotros la recordación de sus imágenes/mensajes, somos lo que, finalmente, cada obra hace de nosotros, ya que, como nos indicara Paul Sartre, “sólo es preciso que otro me mire para que yo sea lo que soy”. Por ello, las fotografías de Balbuena no sólo nos miran, nos dicen y nos hablan, sino que incluso nos hacen. Como nos hacen los ojos que miramos de cerca y que terminan, finalmente, por constituirnos en lo que somos.
Alban Martínez Gueyraud
1 de junio de 2010.
(1) Manuscrito antiguo borrado para escribir otra cosa. La reconstrucción de los palimpsestos ha hecho descubrir documentos importantes.
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